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Thomas Beimel:

Son mestizo

El compositor costarricense Alejandro Cardona 

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Costa Rica es uno de los países más pequeños de Centroamérica. Ubicado entre Panamá y Nicaragua, tiene aproximadamente la superficie de Baja Sajonia. Un pequeño país, conocido por su rica naturaleza: una fenomenal costa sobre el Pacífico, playas caribeñas, selva tropical nubosa, selva tropical húmeda, volcanes; a cada treinta quilómetros un nuevo y cuidado paisaje; en suma, un paraíso tropical.

Pero desde el punto de vista cultural, Costa Rica es más bien un desierto histórico. En la época precolombina ese territorio constituyó la frontera entre las culturas de origen mesoamericano y las de origen suramericano (macrochibcha). Aunque sobrevive muy poco en términos de infraestructura y edificaciones, excepto las esferas de piedra esculpida y un complejo ceremonial en Guayabo, se ha encontrado una muy elaborada artesanía en oro, jade y barro que demuestra un desarrollo cultural mucho más importante de lo que se podría suponer a primera vista, y un contacto con las principales culturas del entorno geográfico.

En Heredia, una ciudad a diez quilómetros de la capital, vive desde hace algunos años el compositor Alejandro Cardona, nacido en 1959 en este país, aunque su vida y su música no se insertan en un marco nacional:

Yo me crié como en media docena de países. Viví en Costa Rica, Estados Unidos, Grecia, México. Y todos estos paises me han marcado de una u otra forma. De hecho, mi primer instrumento musical fue el timple, que es una guitarra pequeña de cinco cuerdas, típica de las Islas Canarias donde vivimos un tiempo cuando yo era niño. Tenía ocho años en esa época. Y la primera música que toqué fue inicialmente música folclórica canaria.

Alejandro Cardona enseña en la Universidad Nacional, una de las dos universidades más importantes del país. Coordina allí el programa “Identidad cultural, arte y tecnología” y enseña también en la Escuela de Música. Paralelamente a estas actividades, se dedica a la composición, una tarea que en América Latina es aún más solitaria y marginal que en otras partes.

Si yo tuviera que componer explícitamente para un público, nunca compondría lo que compongo. Haría otras cosas. De hecho, cuando quiero una experiencia más vital y más directa, doy un concierto con mi banda de blues en un bar. Si García Márquez hubiera pensado en que estaba escribiendo “Cien años de soledad“ para el público, no hubiera podido escribir ni diez palabras, porque el pueblo es analfabeto en un setenta por ciento. Aunque tú escribieras con las palabras más sencillas, mucha gente no podría leerlas.

Los conquistadores europeos no sólo depredaron los países del “Nuevo Mundo”, sino que sojuzgaron a sus habitantes mediante una cultura ajena y dominante, que no tenía nada que ver con la vida de los pobladores. Al aparato de poder pertenecían también los compositores. En tiempos de los virreinatos, llegaban de Europa y trabajaban como maestros de capilla. Su tarea oficial era componer obras al servicio de la religión de los vencedores. Este trabajo estaba siempre ligado a las catedrales de las nuevas metrópolis: Ciudad de México, Puebla, Bogotá, Cartagena de Indias o Guatemala, a cuya área de influencia también pertenecía la Costa Rica de hoy.

La dependencia fundamental de los modelos culturales importados de Europa sigue latente hoy en América Latina. Alejandro Cardona se concede el derecho y la libertad de referirse a las tradiciones culturales de su mundo circundante. Durante su estudio en la universidad de Harvard toma conocimiento de la música de las vanguardias europeas, pero no le interesan como opción estética. Para él son más importantes los compositores de su entorno. Por ejemplo, el compositor mexicano Silvestre Revueltas, nacido en 1899.

Revueltas compuso a partir de los elementos que él vivía cotidianamente, que formaban parte de su ser. Y eso es lo que para mí es importante. Los elementos musicales que vas a encontrar en mi música son cosas muy concretas que he vivido profundamente, por ejemplo los sones del Istmo de Tehuantepec en México, los sones de los indios Huaves, las bandas de vientos, los tríos de guitarras, las canciones de Oaxaca, porque parte de mi familia es de ahí y en las fiestas se cantaba en zapoteco y en español. Y estas cosas las tengo muy adentro.

El trabajo compositivo de Alejandro Cardona está impregnado de un ethos determinado. Al problema de la dominación de los modelos culturales ajenos implantados responde con un profundo respeto por la práctica musical viva de su entorno, como por ejemplo la música de los indios de Oaxaca, del sur de México. Del mismo modo, se distancia de la idea habitual en Latinoamérica de las culturas definidas nacionalmente, con las que se identificaba la burguesía local.

Costa Rica es el país más rico de América Central. La población se ufana de haber suprimido el ejército hace más de cincuenta años y de tener desde entonces una constitución democrática. Una sociedad acomodada que no teme no pagar a los campesinos nicaragüenses – que, en su mayoría, son residentes ilegales - siquiera el salario mínimo garantizado legalmente.

La amplia clase media tiene una actitud defensiva contra todos los extranjeros, particularmente contra los colombianos, cubanos y argentinos que han llegado a Costa Rica, quienes a menudo cuentan con una mejor preparación. Ante la competencia se teme la pérdida de los privilegios pero se disfruta del bienestar que entre otros factores se debe también a los inmigrantes ilegales.

La mayoría de los compositores del país escriben una música orientada por las ideas de la burguesía urbana: una música de abuelos, intolerablemente aburrida. Alejandro Cardona no soporta este espíritu provinciano. Gracias a haber vivido en diferentes países y también a sus estudios musicológicos sobre la música tradicional de América Central y el Caribe, ve claramente que los fenómenos musicales esenciales trascienden fronteras y son siempre un producto del mestizaje, de la mezcla de diversas culturas. Coloca este fenómeno en el centro de su trabajo creativo y compone un “Son mestizo”. El término son aparece designando formas musicales ampliamente difundidas en Centroamérica y el Caribe. Alejandro Cardona incorpora en sus obras orquestales este proceso de mestizaje.

Para mí la palabra clave es que necesito que mi música sea orgánica. La historia de América Latina es una historia de mutilaciones, es una historia de culturas mutiladas, de culturas trasplantadas, de fronteras políticas hechas al azar. Pero lo interesante del mestizaje no es tanto el producto del mestizaje sino el proceso del mestizaje. Y en mi música quiero tocar los aspectos que tienen más que ver con los procesos que con el producto final. No me interesa tanto que tú digas: ¡ ah! esta melodia es tal cosa o a este instrumento lo conozco. No. Lo que quiero es rescatar el proceso, porque el producto histórico final surge de un proceso orgánico. No es gratuito ni es estático. No es que agarramos un poco de África y un poco de Europa y un poco del mundo indígena y allí salió una especie de híbrido gratuito, sin conflictos ni contradicciones. No. Hay una construcción histórica y una sobrevivencia y resistencia de ciertos núcleos estéticos que permitieron que esos mundos se encontraran de una manera orgánica.

Para Alejandro Cardona componer tiene un significado elemental. Utiliza la composición como un lugar imaginario donde poder reflexionar sobre las cuestiones de la identidad cultural. Su música es una metáfora del proceso de mestizaje, de las tradiciones y de la mezcla de diferentes culturas, tal como desde hace siglos son no sólo para la música compuesta sino también para la música popular y tradicional de Latinoamérica.

Pero Cardona no crea un folclore artificial; no obstante, el contacto con la música de su entorno está siempre presente. En sus obras para orquesta, integra los ritmos de danzas latinoamericanas como el son montuno o el mambo, pero no imitándolas meramente con otro cuerpo sonoro en forma de suite de danzas, sino que inventa una manera audible del “son mestizo” en la música “culta”.

Los “sones mestizos” son en realidad un procedimiento más que una forma. Como en mucha música, tienes que dinamizar el discurso con contrastes. En este caso tengo dos niveles de contrastes. Un contraste viene en el sentido lineal: tengo ‘a’ y ‘b’. Pero también qué pasa si ‘b’ está sonando y viene ‘a’ encima de ‘b’; se van generando nuevas transformaciones del material inicial. Es un poco una metáfora del proceso de mestizaje, que va buscando, a través de choques, formas orgánicas de convivencia.

Alejandro Cardona refleja en sus composiciones la historia de la cultura latinoamericana, que desde la conquista es una historia de opresión. Y esto vale hasta hoy particularmente en relación con los EEUU de Norteamérica, cuyos gobiernos siempre han tratado a los países centroamericanos como al patio trasero de su propio territorio.

Cardona es un anti-universalista. Al dirigirse a los fenómenos locales de la música, rechaza expresamente la pretensión de una música universalmente válida y comprensible, aún cuando muchos de sus colegas latinoamericanos admiran esto en la música culta europea. Desde su ángulo de la otredad, Cardona comprende más fácilmente que la música culta europea sólo es considerada y aceptada como universal, porque siempre estuvo ligada a sistemas políticos que representaban una exigencia de lo universal y la transformaban en práctica política mediante anexiones y genocidios.

A Alejandro Cardona le importa que su música tenga que ver con un proceso de descolonización. También por este motivo, los modelos europeos no son relevantes para él. Esto tiene notorios efectos de largo alcance, que se manifiestan sensorialmente por ejemplo en relación con la melodía. Lo que en la música culta europea de la segunda posguerra fue ridiculizado como claro indicio de algo retrógrado, “subdesarrollado”, es para Alejandro Cardona – desde su contexto cultural – algo natural.

Tengo piezas, por ejemplo mis cuartetos de cuerdas, que se basan en villancicos españoles que cantaba de niño y también se cantan aquí. En especial, me los cantaba mi papá. Se quedaron conmigo y pertenecen a la tradición del ‘romance’, que de alguna manera es la base de mucha de la música criolla latinoamericana ya con sabor local propio.

En la música de Alejandro Cardona se experimenta la historia de América Latina, entre otras cosas la relación con la herencia cultural de España, el antiguo poder colonial. Desde el primer momento del contacto, se asimilan formas de expresión españolas y se transforman en expresiones locales a través de múltiples procesos. Así también la forma literaria cantada del romance, que sirve de base a su obra “La Delgadina” para piano y orquesta.

“La Delgadina” es un personaje medieval español. Básicamente viene de un romance que nos cuenta de un rey que quiere tener relaciones sexuales con su hija llamada “Delgadina”. Ella se opone. Entonces la encierra en un cuarto donde finalmente se muera de hambre, con la complicidad pasiva de su madre y su hermana. Esa es la anécdota. “La Delgadina“ como romance vino a América Latina en la época de la colonia. Ahi la canción fue recreada de distintas maneras. Se canta en casi toda América Latina, sobre todo en Mesoamérica. A veces es más parecida a las versiones españolas, pero siempre hay elementos de aclimatación según el país de donde proviene. Las versiones mexicanas, por ejemplo, tienen variantes con respecto a la versión costarricense que es la que utilizo en mi obra.

El marco de referencia cultural de Alejandro Cardona abarca el Caribe y Centroamérica. Particularmente cercanas le son las culturas de los indios del sur de México, que ha conocido a través de su familia y por haber radicado en México muchos años. Algunas de sus obras son un homenaje a este mundo. En 1994 compone “Zachic 2”, un quinteto de vientos. En lengua maya “Zachic” se refiere a un pájaro - el pájaro de las cien voces, que inspiraba a los mayas a cantar.

En la música de Centroamérica y el Caribe, Cardona descubre fenómenos musicales vivos aún en diferentes áreas, en centros alrededor de los cuales gira la cultura centroamericana y que son percibibles en varios países. Le interesa la dimensión internacional como fondo de experiencias culturales similares. Pero no trata de abstraer los elementos comunes para llegar a algo así como una identidad pan-nacional. Respeta la singularidad de cada una de las culturas musicales locales, que siempre están ligadas a un contexto determinado.

Si tú tomas superficialmente un libro: ¡ah! sí, mira esta melodía tan bonita, y la transcribes e intentas hacer una composición, casi siempre el resultado es un arreglo superficial, porque realmente no puedes entender cuál es la naturaleza del material a partir de unas notas escritas. Porque las notas escritas no son la música. Y para mí lo más interesante, lo que más me ha conmovido de las cosas que incorporo en mi obra es la forma de ejecución, las estructuras particulares, la inflexión de la voz, las formas de afinación que son muy particulares en América Latina en las bandas de vientos, por ejemplo.

En “Zachic 2” Cardona se refiere a una música de los indios Huaves, tal como la conoce de la región del Istmo de Tehuantepec: la “danza de la culebra“. La música afrocaribeña le es muy cercana. Los ritmos que surgieron a través del contacto con los negros africanos esclavizados y la población caribeña están presentes en toda Centroamérica. Alejandro Cardona no sólo los ha escuchado sino también bailado durante toda su vida. También ha participado en varios proyectos de investigación que han estudiado la música afrocaribeña, tal como es tocada en las costas caribeñas de Centroamérica, como por ejemplo en la provincia Limón en Costa Rica. Estos ritmos complejos y sistemas métricos se convirtieron para Cardona en símbolo de una cosmovisión de su patria cultural.

En Europa, el ritmo generalmente tenía un solo referente métrico. Si se analiza algunas músicas indígenas y sobre todo la música africana que tiene un peso muy grande en la expresión musical de América Latina, incluso en sectores aparentemente de origen no africano, vamos a encontrar que hay una polimetría permanente. No hay un único referente rítmico. Hay capas de actividad que se relacionan contrapuntísticamente. Pero el contrapunto no se da ya por problema de manejo de intervalos sino se da por acentuación métrica. Eso se produce también en las capas de la sociedad latinoamericana que a veces tienen realidades contemporáneas conviviendo con situaciones casi medievales.

Esta simultaneidad de formas de vida tan diferenciadas es determinante en Centroamérica. Las grandes ciudades del continente son un caos urbano, también como impresión sonora. Alejandro Cardona está fascinado por la imagen sonora de las ciudades: el ruido de la calle que es atravesado arbitrariamente por la música de salsa que viene de los negocios y se encuentra con música tocada o cantada en vivo; un modelo acústico denso.

Los habitantes del continente han desarrollado evidentemente una capacidad particular para orientarse en tramas complejas. Para Alejandro Cardona el concepto del tiempo es decisivo: el tiempo no es percibido linealmente –como sucesión-, sino como simultaneidad de creación, caída y nueva gestación de la vida.

Alejandro Cardona entiende la polimetría como metáfora de esta concepción temporal no lineal, que se articula con la mayor claridad en los complejos sistemas métricos de la música afrocaribeña, como por ejemplo en los cánticos de la Santería, la religión afrocubana con la que Cardona ha establecido una relación personal. En sus composiciones, trata de incorporar estéticamente esta cosmovisión articulada en los ritmos afrocaribeños:

En la música polimétrica, o tienes que cuadrarte a partir de un solo referente métrico, o sea, simplificar, o tienes que poner atención a cada uno de los acentos métricos; a veces hay más predominancia de un acento, a veces hay una predominancia de otro, y vas buscando. Y esa es la riqueza de esta expresión, lo que invade tu cuerpo. Tu cuerpo ya no puede estar quieto. Y tu cuerpo no se puede manifestar como un solo bloque sino tiene que buscar formas de que esto está moviendo tus brazos, están moviéndose con un tipo de acentos y aquello tu cadera, con otro tipo de impulso. Es lo que hace que esta música sea tan sabrosa y por qué pega tanto ese tipo de ritmos en otras partes del mundo.

Componer, inventar la música culta, es en América Latina una actividad particularmente solitaria. También en Costa Rica. A veces, las obras de Cardona se tocan allí, pero en realidad él es una figura relativamente marginal. El mayor reconocimiento de su música se da fuera de fronteras: en México, Venezuela o en los EEUU de Norteamérica.

Alejandro Cardona se dedica voluntaria y conscientemente a la música popular de su entorno. Para él la música de los indios, de las tradiciones criollas, la música bailable afrocaribeña, son las bases de su expresión musical y no las ideas de la vanguardia europea, que conoce pero que no tienen ninguna relación con su vida. Escribe una música que refleja la historia de su ámbito vital, la historia de una continua y permanente penetración de siglos de las más diversas culturas.
Compone su música como metáfora de esta experiencia vital.

© 2005 Thomas Beimel

Traducción del alemán de Graciela Paraskevaídis.
  

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