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William Ortiz:

Snobismo musical

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Hay que reconocer ese accidente histórico que surgió más de quinientos años atrás: la llegada del europeo a América, sin negar la gran aportación y trascendencia de la cultura ibérica a la cultura latinoamericana. Si hoy la cultura latinoamericana tiene nombre y apellido; si podemos afirmar que hay un hilo conductor que nos une a todos los pueblos llamados "latinoamericanos", ello se debe a la presencia de la cultura ibérica en nuestro espacio geográfico. De la transformación y síntesis que surgió de la interacción entre los aborígenes, los peninsulares y luego los africanos, nace una nueva civilización producto de la extraordinaria simbiosis del descubrimiento mutuo y de los encuentros que han contribuido a la forjación de una cultura con perfil propio que hoy nos define como parte de ese conglomerado de pueblos denominado Latinoamérica.

En lo que a la cultura puertorriqueña respecta, es imperativo destacar el hecho de que, como factores negativos de la herencia colonial española, hemos tenido que padecer el azote inmisericorde del exterminio de nuestra población aborigen, así como de la inferiorización de ésta. Hemos tenido que padecer el azote del autoritarismo, el clericalismo, el militarismo, el racismo y, en consecuencia, el elitismo cultural.

El establecimiento de este elitismo cultural, específicamente del musical, para nuestros propósitos, se debe en gran medida a los conquistadores y colonizadores españoles que además de transmitirnos sus enfermedades, transplantaron una supuesta cultura musical superior en nombre del cristianismo, ignorando y/o negando la cultura aborigen. Con el paso del tiempo y tras la evolución y síntesis, las clases alta y media criollas utilizan esta cultura musical europea como herramienta para mantener su propio "status quo".

La perpetuación de este snobismo (ya que el "snob" mantiene un aire de superioridad y menosprecia lo que él considera inferior), es obra de varios factores sociales. Un factor es la educación musical. La tendencia a deificar a los compositores y a la música del pasado es un fenómeno cultural que hemos heredado de Europa. Por ejemplo, hay que re-evaluar los cursos de Apreciación Musical, donde se le está enseñando al discípulo, inconcientemente quizás, que la única música legítima es la del pasado. Muchos de los educadores de estos cursos no entienden ni tienen ningún interés en la música contemporánea, ya sea culta o popular. Le suben las narices a toda música que no sea una "obra maestra" certificada y más aún si no está escrita por un europeo muerto.

Cualquiera que fuesen las deficiencias pedagógicas de la Apreciación Musical, ésta tiene gran éxito como estrategia de mercado. En vez de focalizarse en la música como tal, los "educadores" de la Apreciación Musical se fijan en la reputación y la personalidad; los grandes compositores, los grandes intérpretes. La antipatía a la modernidad, a la cultura contemporánea, produce un catálogo permanente de mercancía: obras maestras familiares que se pueden reciclar sin fin. El resultado es un público manipulable para la música sinfónica y de cámara, siempre y cuando la música sea famosa, vieja y europea.

Este proceso de deificación ha dividido la música en santa y pecadora, alta y baja. Sinfonías encerradas en un relicario para ser veneradas por un público privilegiado pero pasivo, en vez de un público diversificado y demostrativo. Este rito deificado de los conciertos de hoy día con un artista "aloof" y un público complaciente, es un legado de este desarrollo snobista.

Otro aspecto que ha contribuido a perpetuar la situación, se encuentra en los mismos profesionales de la música: los críticos, los directores de orquesta, los musicólogos y los músicos sinfónicos. Cuántas veces hemos escuchado a personas decir después de un concierto: "era interesante"; o "no sé si me gustó, pero como yo no sé nada de música"; o "me gusta la música pero no entiendo la música contemporánea"; etc. Persiste la noción de que la música es algo que tiene que ser entendido, aunque nadie sabe exactamente qué es lo que hay que entender. Entendimiento implica, en este caso, sentido, y no una estructura definible. Por lo tanto, el público ha renunciado en general a opinar y pensar por sí mismo, delegando esa tarea a los profesionales. El poder de la palabra del profesional manipula fácilmente la opinión pública. Se ha creado el mal hábito de buscar razones pretensiosas para la música, en vez de sencillamente disfrutarla. En realidad, al profesional le interesa perpetuar la estética y la técnica europeas para mantener su estatus y prestigio como "connoisseur" de la buena música. Y más aún, ha convencido al público de que esta es la manera en que debe ser. Lo que cuenta es la opinión del profesional - no importa lo que crea el público. Bajo condiciones normales, este tipo de endoso no sería suficiente para mantener el snobismo musical que nos aflige.

Si lo analizamos, existen sólo dos tipos de música: la música bien hecha y la música mal hecha. El resto es cosa de gusto personal. El único criterio a considerarse debe ser la excelencia artística y no necesariamente la popularidad o reputación. Si nos gusta pensar que la música de concierto tiene la noble encomienda de trascender las dicotomías de privilegiados-oprimidos, superiores-inferiores, ricos-pobres, ellos-nosotros, sería muy saludable evitar la presunción. En otras palabras, bajar del pedestal, de la torre de marfil. Se debe buscar el camino hacia los instintos musicales básicos del ser mortal común, del cual se deriva la música, para el cual y por el cual se produce,y sin el cual no puede existir. Me parece que muchos de los profesionales de la música de concierto han perdido contacto con los gustos y realidades del pueblo. Quizás por considerarlos inferiores o - algo que se ha perpetuado por la superstición popular - que la música clásica es por definición superior a la música popular.

Si un arte va a ser verdaderamente contemporáneo, tiene que tener la fuerza cultural y el apoyo de la sociedad en que nació. Una de las peculiaridades de la sociedad latinoamericana es la costumbre de muchos intelectuales de pensar sobre cultura en términos europeos, como si la cultura fuese exclusivamente sinónimo de los gustos y logros europeos en la música, las artes plásticas, la literatura, etc. Es natural que un compositor que tiende a ser cerebral, prefiera continuar con la tradición europea; ya que los grandes nombres y obras maestras de la historia están asociados con esa tradición. Quizás piensa que su estatus y prestigio como compositor "serio" peligra, si renuncia a esa tradición. El concepto histórico que parte de la premisa de que toda música es producto de individuos, fuera del espacio y del tiempo, con muy poca o sin ninguna influencia de la sociedad, contribuye a distorsionar esta realidad. La realidad es que la música no puede existir sin un público. La historia de la música es la historia de compositores y obras que se han dado a conocer de una forma u otra. Todas las crisis en la historia de la música de occidente han sido crisis basadas en la relación entre productor y consumidor. En esencia, han sido conflictos entre complejidad y simplicidad. De hecho, durante todo el curso de la historia de la música se puede comprobar este círculo vicioso de períodos de simplicidad con períodos de complejidad. La música muy sencilla deja de ser un reto para el oyente y pierde su interés. La música muy complicada lo frustra e igualmente él le pierde el interés. A mi entender, la música que es compleja no es inherentemente mejor o peor que la música sencilla. El truco o idea es conseguir el punto medio.

Como compositor, siempre he tenido el interés de relacionar mi música con la vida que me rodea. Cómo se puede lograr esa integración de la sociedad hoy día, con los nuevos avances tecnológicos y científicos y con nuevos problemas sociales, es un reto. Lo que definitivamente no hace falta es el snobismo que socava cualquier intento de unir nuestra frágil y fragmentada cultura musical.

Me gustaría pensar que hoy día está surgiendo un nuevo tipo de músico. Un librepensador que acepta, admira y valida todo recurso sonoro que tenga el potencial de inspirar y crear. Músicos que no tengan como base la consideración de alta cultura versus baja cultura para fundamentar su estética. Esto nos permitirá honestidad y verdad para conseguir la belleza donde quiera que esté, sin negarle esta libertad a otros.

© 1995, William Ortiz

Mecanoscrito. Puerto Rico, 1995

 

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