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Cergio Prudencio:

500 años de soledad

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A lo largo del siglo XX, como nunca antes, la América Latina ha tomado honda conciencia de la dependencia cultural en que vive desde los tiempos de la invasión conquistadora.

Podemos ver con transparencia, que a la brutal acción inicial depredadora, en la que se destruyeron y proscribieron las manifestaciones originarias de los aborígenes del continente, sustituyéndolas a imposición por los productos del invasor, siguió una era de sometimiento en conformismo, de convalidación e imitación del modelo colonial, sin signos de resistencia.

En ese tránsito entre la rebeldía y la obediencia quedó sepultada la América precolombina, aquélla que hoy apenas - y sin embargo - subyace en el inconciente de nuestra sociedad. (Paradójicamente las guerras de emancipación política tuvieron lugar en ese punto muerto de castración y empobrecimiento culturales.) Desde entonces, no seremos más lo que fuimos, hay que saberlo. Lo que no significa que aceptamos ser el no-ser que la moderna dependencia demanda de nosotros.

Desde los albores de nuestro siglo, la historia se revierte en un proceso que esta vez transita más bien de la obediencia hacia la rebeldía. (Aquí vuelven a encontrarse el pensamiento político revolucionario y la creatividad artística.) En los últimos cien años la América Latina ha producido ricas y profundas ideas sobre la independencia y la identidad de nuestra cultura contemporánea. Ideas que han cobrado forma concreta, tanto en la estética del arte como en la teoría antropológica, nacidas de la activa observación del entorno cotidiano y de la necesidad de representarlo. Estos factores, sumados a la energía inconquistable de aquel inconciente sepultado, forman la antítesis dialéctica opuesta a la tesis hegemónica de la homogeneidad. El imperio requiere de una humanidad uniforme que le permita masificar el mercado y el consumo, mientras que la América Latina, así como el llamado Tercer Mundo, sabe que su sobrevivencia deviene del ser distinta de los otros, aunque junto a los otros, con solidaridad humana e intercambio justo.

Es que en esa confrontación ideológica vigente, cuya certidumbre sobrepasa el avasallamiento coyuntural, este continente explotado defiende y proyecta su futuro, y donde la historia, lejos de terminar, empieza nuevamente. Estamos hablando de un estado de conflagración, cuya intensidad se modifica de acuerdo a las circunstancias, sin perder nunca su contenido aniquilador. Esencialmente la América Latina sigue viviendo una situación no sólo colonial, sino de conquista e invasión, tal como cuando aquellos bestiales barbados cruzaron casualmente el océano para pisar estas tierras. Guardan apenas las diferencias tecnológicas de 500 años.

Más aún: el significado de aquellas ideas revolucionarias no ha podido hoy penetrar los engranajes de la educación y la comunicación masiva, que es donde la colectividad y el individuo se forjan. El pensamiento liberador está cercano y sólo accede a la sociedad mediante débiles mecanismos alternativos, mientras la cultura hegemónica invade aquellos espacios para imponerse y expandirse.

Este es el contexto que encuentra el compositor en América Latina para ser o no ser.

Hacia los próximos 500 años, nuestro objetivo es hacer que el renovador pensamiento latinoamericano, cuya mejor expresión se encuentra en el arte y la filosofía contemporánea, germinen un nuevo estado mental y espiritual en nuestros pueblos, con el que puedan reconocerse en el mundo sin complejos, y con el que puedan reconocer a otros sin temores. Hacia esos próximos 500 años la responsabilidad no es unilateral. Compromete una actitud semejante de quienes hoy ejercen tan despiadada dominación sobre la naturaleza, las riquezas, los animales y los hombres del planeta, antes de que no podamos imaginar una segunda oportunidad en la tierra [1].

La Paz, 6 de enero de 1992
© Cergio Prudencio

[1] Gabriel García Márquez

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